(Re)conciliar un proyecto nacional: una necesidad histórica

Por: Sergio David Pinilla

Este 7 de agosto de 2017 cumplimos 198 años de la histórica batalla del Puente de Boyacá, cuando Simón Bolívar, junto con el heterogéneo ejército libertador, consumaban el proyecto de descolonización de la Nueva Granada, después de nueve años de violentos enfrentamientos y luchas internas por el poder, entre realistas y republicanos, y entre centralistas y federalistas. Un par de años después de esta icónica batalla, los mismos próceres que nos dieron la independencia establecieron un congreso en la ciudad de Cúcuta para redactar la constitución de la primera República de Colombia con el objetivo de “establecer una forma de Gobierno que les afiance los bienes de su libertad, seguridad, propiedad e igualdad -a los colombianos-” y con la esperanza de establecer un país incluyente y en paz que les garantizara la prosperidad a sus habitantes.

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Pero tristemente ese sueño no duró mucho: en la década subsiguiente Venezuela y Ecuador se separaron de la Gran Colombia, y pasada otra década más, inició otra guerra civil, la Guerra de los Supremos, entre el gobierno central y unos caudillos del sur. En el siglo XX, inicialmente se vivió la Guerra de los Mil Días entre Conservadores y Liberales; después, con el asesinato de Jorge Eliecer Gaitán, se dio paso a La Violencia, para finalmente llegar al conflicto armado que involucró a guerrillas como las FARC y a grupos paramilitares como las AUC. Este ha sido un ciclo constante en la historia de nuestro país: al terminar una guerra civil se sientan las bases para la siguiente, cinco o diez años después.

Ahora, ¿Qué implica esto? ¿Qué tienen que ver la Guerra de los Supremos o la Guerra de los Mil Días, conflictos de hace más de cien años, con la Reconciliación y el Perdón?

es fundamental que la sociedad civil adopte un rol participativo y se organice para que, mediante actividades tanto individuales como grupales, se generen procesos de (re)conciliación y perdón, que vayan limando asperezas y construyendo lazos entre distintas agrupaciones sociales

El impresionante número de conflictos armados internos que hemos vivido durante toda nuestra historia republicana muestran una situación preocupante y estructural de polarización y violencia a lo largo de toda nuestra vida como nación independiente, causada por caudillismos y dogmas ideológicos que nunca han dado espacio para que los colombianos podamos conciliarnos alrededor de un contrato social y de una ética común. Por eso, no es ninguna novedad histórica que nuestra gente se divida en dos grupos sociales con objetivos antagónicos, y que ambos grupos estén dispuestos a hacer cualquier cosa: calumniar, mentir, corromper, hasta torturar y asesinar -como en La Violencia- para derrotar al bando opuesto. Lo cual se evidenció en mayor o menor medida durante la campaña del plebiscito, tanto en la colectividad del Si como en la del No.

Además, esta realidad histórica también demanda una nueva visión y proyección por parte de las generaciones más jóvenes, que nos permita como sociedad dejar de enfocarnos tanto en los eventos y en las personalidades que ya tuvieron su momento. Porque, actualmente hay muchas agrupaciones políticas y sociales que buscan justamente reivindicar incondicionalmente a individuos o a sucesos, como a Simón Bolívar, a Álvaro Uribe, a Luis Carlos Galán, o al Acuerdo de La Habana, cuando lo más importante es, tomar las cosas a resaltar de cada uno, aprender de los errores de todos y trabajar en conjunto por un mismo proyecto nacional, incluyente, que permita el diálogo, la crítica y la reflexión.

De lo contrario, seguiremos en el mismo camino de violencia, desprestigio y polarización, que ha frenado el desarrollo de este país y ha impedido la construcción de un tejido social durante aproximadamente dos siglos, a pesar de sus incontables riquezas naturales y de su ubicación estratégica.

Por esta razón, es fundamental que la sociedad civil adopte un rol participativo y se organice para que, mediante actividades tanto individuales como grupales, se generen procesos de (re)conciliación y perdón, que vayan limando asperezas y construyendo lazos entre distintas agrupaciones sociales que se han visto distanciadas por eventos históricos de violencia y polarización.

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En este orden de ideas, hay que resaltar que el 30 de agosto varias organizaciones sociales vamos a estar involucradas en la Jornada Nacional por la Reconciliación y el Perdón, así que Rodeemos el Diálogo junto con “Todos por la Educación” y la Federación de Estudiantes Universitarios, estaremos realizando actividades por todo el país en pro de cambiar la dinámica históricamente violenta de interacción social de los colombianos.

Aun así, este debe ser sólo el inicio de un proceso más largo y estructural dentro de Colombia, un proceso que trascienda la reconciliación limitada a la polarización que vivimos durante el proceso de paz y el plebiscito, ya que en este país no podemos siquiera hablar de (re)conciliación, pues durante nuestra historia nunca hemos estado conciliados socialmente. Entonces, el verdadero reto de la paz y de la conciliación en Colombia será lograr establecer un proyecto nacional, un propósito compartido por todos nosotros como nación.

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