Columnas de Opinión (Miembros ReD)

RESPUESTA A CARTA DE NUESTROS LECTORES:

 

Gracias por su comentario. En las siguientes líneas queremos aclarar algunos malentendidos que subyacen en sus observaciones.

1. Rodeemos el Diálogo (ReD) es una red de ciudananos que voluntariamente organizan iniciativas para discutir los retos de alcanzar la paz en Colombia e imaginar una sociedad post-conflicto apoyándonos no sólo en nuestra experiencias y conocimientos sino también de los consensos y experiencias internacionales de paz. No tenemos nada que esconder, por eso publicamos en nuestro blog los reportes de nuestras actividades para que los ciudadanos y los equipos negociadores sepan lo que hacemos. Somos transparentes en cuanto a las organizaciones que apoyan nuestras iniciativas, y a quienes apoyamos. Hemos comprobado que el correo electrónico y otras cuentas en las redes sociales están funcionando perfectamente bien.

2. ReD está conformado principalmente por Colombianos y Colombianas que vivimos en el Reino Unido y Colombia, algunos hemos vuelto en el último año, otros pensamos volver en un futuro cercano a trabajar en Colombia porque sabemos de los retos que enfrenta nuestro país, y otros pensamos quedarnos por motivos personales con la esperanza de seguir construyendo patria. Pero no somos sólo colombianos, también nos acompañan amigos y amigas de Colombia, que han vivido en Colombia y conocen el país mucho más que algunos colombianos que no han salido de sus regiones. Algunos incluso quieren volver para trabajar por una Colombia en paz.

3. ReD respeta todos los partidos políticos. Consideramos que es saludable para una democracia tener partidos organizados y serios de centro, derecha, e izquierda. Respetamos la decisión individual de ser parte del Partido Liberal, Conservador, Comunista, Polo, Verde, la U y del nuevo Centro Democrático, sin embargo, nosotros no actuamos bajo los lineamientos de ningún partido. En nuestro espacio de apoyo al proceso de paz dejamos de lado nuestras inclinaciones partidistas y nos ponemos la camiseta como personas que queremos ver una Colombia en paz. Valga la pena aclarar que visibilizar el género femenino en la lengua española no lo monopoliza ningún partido político y vemos que muchas personas nativas y no nativas quieren promover la igualdad de género de esta manera.

5. ReD no promueve la impunidad, ni queremos que nos tilden de guerrilleros o paramilitares. Nuestro interés es generar un diálogo entre varios sectores de colombianos, entre ellos los que son escépticos con el proceso de paz, para imaginar, para llegar a acuerdos de qué actos de generosidad estamos dispuestos a hacer para construir un país mejor.

6. La carta al expresidente Álvaro Uribe no la escribió una sola persona; la escribimos a múltiples manos. Metodológicamente se hicieron más de 5 borradores para incluir contribuciones y editar cada párrafo. La versión española es una traducción de la original en inglés. Miembros de varias organizaciones y algunos académicos contribuyeron a editar la carta que los lectores leyeron en El Espectador.

7. No le hemos escrito a las FARC. Sin embargo, como producto de una conferencia académica en marzo en Londres resultó un policy briefing con recomendaciones para ambas partes . Este documento lo enviamos a los negociadores en La Habana por los medios institucionales que ha provisto el actual gobierno. Además ReD fue una de las organizaciones convocantes de las Mesas Europeas para la Paz, capítulo Londres, a las cuales asistieron cinco senadores de la República que integran la Comisión para la Paz del Senado. Las propuestas de ese evento también llegaron a la mesa de negociaciones.

8. ReD no es una ONG y tampoco nos encargamos de recaudar fondos. ReD busca crear redes para comprender y dialogar sobre las implicaciones y las posibilidades de un proceso de paz.

El poder de la imaginación

Tomado del Espectador, 13 de noviembre 2013.

Por: ANDREI GOMEZ-SUÁREZ

Los afectados directamente han ingeniado mecanismos, ya sea para sacar ventaja de los sistemas violentos que se fueron consolidando o para resistirlos y desmantelarlos. Los afectados indirectamente han imaginado a las partes en conflicto y las han convertido en héroes o villanos.

Hoy estamos atrapados. Analistas, políticos, líderes sociales, élites económicas de todas las tendencias son incapaces de imaginar cómo sería una Colombia sin conflicto. Imaginarla de verdad, con exmiembros de las Farc o de cualquier otro grupo guerrillero en cargos públicos, como empresarios, en las iglesias, en las escuelas, en las fuerzas armadas, en los clubes sociales, en los centros comerciales, en los hospitales, en nuestros hogares.

Miembros del Gobierno y de las Farc, por lo que uno lee en la prensa, están en un proceso de ingeniar mecanismos para desmontar el sistema de guerra que les ha permitido beneficiarse mutuamente del uso de la violencia y hacerse daño también. Diseñar un acuerdo que integre perspectivas de país distintas no es fácil. Mucho menos en cuanto, al parecer, a los equipos negociadores les cuesta imaginar una sociedad renovada, en la cual el tejido social se cohesiona a través de la diferencia.

El poder de la imaginación no radica en crear las realidades que se sueña, sino en generar rupturas y procesos que transforman la realidad. Qué mejor ejemplo que los retos que aún enfrenta en materia de desigualdad racial Estados Unidos 50 años después de que Martin Luther King dijera “tengo un sueño”. Y sin embargo, las condiciones son muy distintas, como lo confirma la presidencia de Barack Obama.

Romper los códigos (las tendencias) puede ayudar a imaginar nuevas realidades, como dijo Antanas Mockus al cerrar su cátedra sobre Cultura de Paz en la Universidad Colegio de Londres en septiembre pasado. Por eso, quisiera creer que ha llegado el momento en Colombia para que alguien, algunos, empiecen a imaginar una sociedad en paz. Imaginarla sin límites para desatar dinámicas que cuestionen no sólo cómo las partes en conflicto continúan fragmentando la sociedad a través del discurso de la paz, sino también cómo sectores de la sociedad civil ayudamos a perpetuar el conflicto al ser incapaces de imaginar un futuro sin violencia política.

Quizás la clave para superar la desconfianza entre las partes y el escepticismo de la sociedad frente al proceso de paz está en ir contribuyendo entre muchos a construir un discurso amplio que cohesione y libere el poder de la imaginación de una sociedad acostumbrada a vivir en conflicto. Es preferible que a uno lo tachen de ingenuo o iluso a resignarse a subutilizar la capacidad de imaginar sin límites. Es el poder de la imaginación lo que ha permitido que la humanidad conquiste el espacio y que millones de colombianos sientan que viven en el mejor país del mundo en medio de tanta adversidad.

‘La UP sigue siendo el partido de la paz’

Sacado del Espectador, 12 noviembre 2013.

Aída Avella, tras 17 años en el exilio, llegó este martes para participar el viernes en el Congreso de la UP con un mensaje de respaldo a la paz.

Por: ANDREI GOMEZ-SUÁREZ

Aída Avella salió de Colombia en 1996, después de sobrevivir a un atentado en la autopista Norte de Bogotá. Como presidenta de la Unión Patriótica (UP) había denunciado —junto a Manuel Cepeda y Hernán Motta— la existencia del “Plan Golpe de Gracia” para asesinar a los líderes de la UP que habían sobrevivido a previos ciclos de violencia genocida. El asesinato de Manuel Cepeda en 1994 y el atentado en contra de Avella, junto con otros cientos de asesinatos que estaban ocurriendo a lo largo del país, en particular en Urabá, demostraron que no existían las garantías para seguir aquí.

Después de 17 años viviendo en el exilio en Europa, ayer regresó al país para participar el próximo viernes en el Congreso Nacional de la UP. No sólo porque le han devuelto su personería, dice, sino porque cree que sigue siendo el partido de la paz, porque estamos en un momento crucial para seguir con sus postulados y porque el proceso de diálogo que adelantan el gobierno Santos y las Farc en La Habana (Cuba) merece el respaldo de la población y de las personas que están fuera de Colombia.

En diálogo con El Espectador, aún desde Europa, Aída Avella habló del presente de la Unión Patriótica, del proceso de paz y el futuro del país. Creo que mi generación —que fue una espectadora pasiva del genocidio de la UP y hoy está al frente de una posibilidad real de acabar el conflicto armado con las Farc— encontrará en esta entrevista algunas herramientas para iniciar una reflexión profunda que le permita identificar su papel para romper con los ciclos de violencia que han desangrando a nuestro país.

¿Cuál es el significado histórico y político del Congreso de la UP?
Es muy importante, después de que se ha hecho un acto de reparación al devolverle la personería jurídica. Pero hay que aclarar que no es suficiente: falta mucho por reconocer, porque miles de sus dirigentes fueron asesinados y el partido fue disminuyendo a medida que avanzaba el exterminio. Creo que los postulados con que se creó la UP, de contribuir a la paz, siguen vigentes. Naturalmente, esa presencia en la política nacional tiene que contribuir a construir un gran frente, una gran unidad de los sectores que no solamente luchamos por la paz sino que luchamos para airear la clase política en Colombia. Es un momento clave para entender que por encima de lo personal está el país, está salvar una representación parlamentaria que es muy importante y está salvar las ideas frescas dentro de la política. Por eso, hay que apoyar el surgimiento de nuevos liderazgos.

Para seguir leyendo, siga este enlace.

‘Mi esperanza es ayudar a proteger el proceso de paz’: Mockus

Tomado del Tiempo, 21 octubre 2013.

Desde Londres, el exalcalde de Bogotá habló con optimismo de los diálogos y el futuro del país.

Por: ANDREI GOMEZ-SUÁREZ

El 26 de septiembre del 2013 hablé con Antanas Mockus sobre el proceso de paz. Él iba en camino a dar una conferencia sobre la cultura de paz en el Instituto de las Américas, de la Universidad Colegio de Londres, y nuestra conversación fluyó a la par del optimismo que compartimos acerca de que este proceso de negociación va a lograr un acuerdo para construir una Colombia en paz.

Para seguir leyendo, pinche en el enlace.

Surrounding the Colombian peace dialogues

By Edward Davey

How does one support a peace process in which one believes passionately and deeply; from which one is actually quite physically distant (it being a peace process about Colombia, taking place initially in Oslo, Havana but, above all, of course, in the country itself); and about the practical elements, negotiations and politics of which one knows next to nothing, other than speculation and occasional informed comment in Colombian newspapers, academic journals, and so on…?

This was the topic — among others — of a convivial late afternoon and evening spent in the company of a small number of Colombian, English and Mexican friends, over a rather delicious and cheap curry in a tandoori restaurant tucked behind Russell Square. The group had spent the afternoon at a conference at UCL discussing the peace process with experts, including Markus Schultze-Kraft, formerly of the International Crisis Group in Colombia, and now a professor at the Institute of Development Studies in Sussex; Malcolm Deas, the Oxford historian, and lifelong observer of Colombia; Jenny Pearce, Professor of Peace Studies at Bradford University, also deeply knowledgeable about Colombia; and Mauricio Rodriguez, Colombian Ambassador to London, and someone with his finger closely on the pulse with respect to the current negotiations.
The facts are as follows: Colombia has just embarked formally on a new set of peace negotiations, involving the Government and the Revolutionary Armed Forces of Colombia (see an example of such coverage here). The talks enjoy, as far as one can tell, broad public support in the country; clever political leadership from a canny President, skilled in negotiation, committed to peace, and someone who has lived and served through the vicissitudes of previous processes; and a degree of commitment from the FARC too, including (at least some of) the high command. The peace process has been granted significant international press coverage so far, and there has also been a degree of positive mediation hitherto exercised both by countries in the region and from further afield — including the UK, the US and Norway.
So what does one do, if one wishes to support, but has no practical contribution to make…? Can there be a role for a distant civil society concerned in a benign, non-interventionist way for the cause of the negotiations from afar…? A month or so ago, a small group of friends and I set up a group with a view to contributing somehow to this cause: ‘Rodeemos el Dialogo‘, we called it, or ‘Let’s Surround the Dialogues’. The phrase makes reference to a Colombian saying which invokes support for a good cause when it is under threat.
Let’s surround the dialogues, we said, such that — if and when there are difficult moments — there is a feeling among the key negotiators that the world at large is watching the process, doesn’t wish it to collapse, and is prepared somehow — morally, from afar — to vouch for it, and to come to its defence. For such support to work, one would need first and foremost for Colombian society at large within the country to rally: to be in favour of the negotiations a priori, but to come to their defence and see their worth when the going gets tough. But it was also felt that Colombians — and those who love Colombia — living overseas could also play a similar role, and that the existence of such an effort outside would add force and valour to the efforts of those in-country (just as the anti-apartheid movement in South Africa was bolstered by international support and economic sanctions coming from outside).
And so this is our effort. We’ve met a few times; organised meetings; written an article or two; and gradually expand our membership to all those we come cross. The UK is home to an improbable 100,000 Colombians, some of whom one comes across from time to time: students, teachers, social workers, cleaners, waiters, nurses (and whose lives are well documented by Cathy McIlwaine at Queen Mary’s London). Surely many thousands of these would be sympathetic to participating in such a group; doubtless further thousands were themselves affected by the Colombian conflict; no doubt all have a view on the current proceedings. We hope to reach out to them — and may start by all heading to the vibrant Colombian market in Seven Sisters, or Siete Hermanas as it was referred to this evening, to spread the word.
Much of the evening focused on what we can do to make a difference; who to invite to speak to our group (experts on Northern Ireland, such as Jonathan Powell; a Jesuit priest one of our number knows, who knows Northern Ireland and the Colombian conflict from the 1980s onwards; those who lived through the South Africa reconciliation process post-apartheid: these sorts of ideas came up); how we can act, assemble, gather force, speak as a group.
But — at risk of sounding trite — I feel (and have sought to convey) that for me our mere existence is itself a start: that by our coming together we have already shown our concern to support the dialogues, and our earnest hope that they succeed. Perhaps events will move much faster than we do — and perhaps peace will be declared by the time we next meet: and what a wonderful thing that would be, provided that we are talking about a serious and lasting peace, of course. But if things do not prosper, then we will be there to express our vocal support; to write letters; to join the voices of those who implore the negotiations to resume. Here’s to the next few months; to those who are negotiating, above all; but also to those who wish to join our efforts to ‘rodear el dialogo’.

______________________________________________________________________

Global Peacebuilding I: Supporting Big Strategy in Colombia

President Juan Manuel Santos has taken a big political gamble. In late August he announced that his administration had been holding secret talks with the Revolutionary Armed Forces of Colombia (FARC) for more than a year, and that formal negotiations to end the armed conflict with Colombia´s largest and oldest insurgent organization would be launched in Oslo in mid-October.
The course of events indicates that the Colombian government is determined to achieve one of the most remarkable feats in the country´s recent history: peace with the FARC. Why did Santos take this risk and what should he and his team do to be successful in this grand endeavor, not seen since the flawed and failed talks with the FARC under President Andrés Pastrana (1998-2002) in the Caguán region?

Peace talks between FARC and the Colombian government: A sensible agenda

Supported by Norway, Cuba, Venezuela and Chile, delegations of the Colombian government and the insurgents officially inaugurated the talks in a small town near Oslo on 18 October. The ´general agreement´ (in Spanish ‘acuerdo general’) the two parties forged in the run-up to Oslo will serve as a roadmap.
It is a sensible agenda and the two sides should stick resolutely to it during the next eight to ten months – more time they will not have, as has been signaled by President Santos. This is a promising but small window of opportunity that deserves all the goodwill and support it can get; for the incipient talks with the FARC are potentially a game-changing moment in the history of Colombia´s conflict.

President Santos: Buttressing policy change

The negotiations stand to buttress President Santos´s goal to move Colombia – which is among the countries of the world with the highest Gini-coefficients or most unequal distribution of wealth – toward more prosperity and well-being across all strata of society. This is so not because the FARC would legitimately represent this political agenda. The group is appreciated by few and feared and despised by a majority in Colombia for its violence, backward ideology and deep involvement in criminal activities.
Rather, finding an effective way to demobilize and reintegrate the FARC into civilian life would deal a blow to those intransigent and reactionary elites who saw their heydays during the two administrations of Santos´s predecessor, Álvaro Uribe; and who have used the specter of the FARC as a pretext to further their exclusionary, conservative and neoliberal political-economic agendas. While by no means opposed to opening up Colombia´s markets, especially in the natural resource extraction sector, Santos’s otherwise more progressive political agenda is an anathema for these elites. Nothing would serve the president better to rein them in than reaching a peace agreement with the FARC.

The way forward for the Colombian government: Sticking to strategy

To achieve this, President Santos and his team should stick closely in the coming months to the strategy they designed for dealing with the FARC. All of the five substantial issues that are up for negotiation – rural development, the FARC´s political participation, ending the conflict, resolving Colombia´s illicit drug problem, and addressing the rights of victims of the armed conflict – are key to the government´s overall transformative economic and socio-political agenda; though, of course, they are only part of the broader political picture.

The armed conflict is only one of Colombia´s manifold problems

Santos´s approach to dealing with the FARC differs fundamentally from the way his two immediate predecessors, Uribe and Pastrana, approached the issue.
Santos does not try to work naively with the FARC (Pastrana) or single-mindedly against them (Uribe). Rather, since taking office he has sought to work around and – now – through them. This is as clever as it gets, and deserves our applause and support.
It appears that the Colombian government has recognized that the conflict with the FARC is only one of Colombia´s manifold problems. Hence, because a military defeat of the insurgents is not feasible in the foreseeable future it is better to ´enlist´ the FARC in a broader process of political and socio-economic change.

Taking the FARC out in a ´civil´ way will open up vast opportunities for Colombia

Taking the FARC out opens up opportunities to start addressing a whole range of deep-seated issues in Colombia, such as strengthening democratic politics and the rule of law and finding ways to achieve a more equitable distribution of wealth and tapping into Colombia´s enormous and growing human and social capital.
Santos is right to pursue the end of the FARC from the vantage point of strengthening Colombia´s ailing democracy and institutions and fomenting social peace; and not from the perspective of elite vengeance, hatred and political opportunism, as was the case during the administrations of his predecessors.
Let us support Santos and his team in this exercise of ´big strategy´ for peacebuilding. As a recent symposium on Colombia at the Institute of the Americas at University College London revealed, this appears to be the most promising way forward.

Keep an eye on the Governance and Development blog for more Global Peacebuilding posts.

Entre acuerdos y negociaciones

Por: Francy Carranza

Ante la expectativa de los resultados de los diálogos entre el gobierno Santos y las FARC, más que la posibilidad de firmar un acuerdo, lo que se debe analizar es si el país está preparado para la finalización del conflicto. La respuesta no es obvia en el sentido en que desear algo es diferente a estar preparado para que ocurra, como pudieron comprobar aquellos 12 millones de colombianos que llegaron a creer que desear al mismo tiempo la desaparición de las FARC durante las marchas de febrero de 2008, era razón suficiente y necesaria para que la guerrilla fuera derrotada militarmente.
Lo que quizás esta vez haga la diferencia es que el país se encuentra en un momento histórico en donde la negociación de los puntos de la agenda es políticamente viable. Esto por cuenta de los avances que se han hecho sobre algunos temas cruciales (el despojo de tierras, el narcotráfico, la pluralidad política y la justicia para las víctimas) que el mandato de Uribe llevó extremos absurdos y que obligó -a la sociedad en general y al gobierno Santos en particular- a desarrollar mecanismos políticos para su manejo. Esos temas ahora hacen parte de la agenda de negociación y con mucho, van más allá de la firma de un acuerdo entre las partes:
El primer punto y más importante de todos es el que se refiere al desarrollo agrario. De hecho, los fallidos intentos de los expresidentes Lleras y López de lograr una reforma agraria, dieron origen y forma a los movimientos guerrilleros en Colombia. En razón a que los grandes terratenientes tenían fuertes relaciones con las élites gobernantes, cualquier acercamiento al tema de redistribución de la tierra podía ser motivo de suicidio político o –más exactamente – de homicidio político. Ahora el tema agrario está de moda: abundan propuestas, proyectos, investigaciones y acciones  desde la sociedad civil, la academia, las ONGs, las asociaciones de víctimas  y – aún más importante- desde los gobiernos locales y nacionales.
Durante el mandato de Uribe, el narcotráfico y el paramilitarismo llevaron a un cambio en la tenencia y el uso de la tierra que dio como resultado que muchos de los grandes latifundios quedaran en manos de actores con gran capacidad militar pero carentes de legitimación política. Santos heredó una coyuntura única: es legítimo expropiar las tierras de los narcos extraditados y distribuirlas de manera más equitativa entre las víctimas. Pero aquí no hay que caer en el discurso del ideal bucólico en donde a cada campesino se le debe restituir su terruño, lo que marca la salida del conflicto es que esos campesinos obtengan status de ciudadanos y que el trabajo agrario se industrialice y tecnifique. Es decir, menos manos trabajando la tierra, pero de manera más eficiente y productiva.
El punto de las drogas ilícitas, es un tema que se resolverá más en la esfera internacional que doméstica, pero el discurso de la guerra global antidrogas se muestra desgastado y poco efectivo. Por un lado, ya varios mandatarios Latinoamericanos – Santos incluido- han manifestado públicamente su inconformidad sobre la forma como se aborda el tema desde Washington. Por el otro, las FARC han experimentado los sinsabores de un negocio rentable pero volátil que tiende a llevarlos a situaciones indeseables como organización y como individuos, por ejemplo la extradición o la indisciplina en sus tropas causada por la ambición individual.
En cuanto a la participación política y fin del conflicto, son puntos que ya han sido ya abordado en procesos de paz anteriores. Desde las  desmovilizaciones de los 90s se han venido creando leyes e instituciones que fueron ajustadas en el proceso de desmovilización de las Autodefensas y que se consolidaron en mecanismos judiciales funcionales como la Ley de Justicia y Paz y en la Agencia Colombiana para la Reintegración.  Por lo demás, a las FARC les va a quedar difícil tanto crear un partido político como convencer al electorado: por un lado la desaparición del bipartidismo y la ampliación de los mecanismos de participación política debilitan el discurso extremista y rancio de los líderes guerrilleros; por el otro, la amplia base campesina de las FARC dista mucho del grueso de la tropa clase media y educada de lo que era el M-19 o el EPL. En algunas entrevistas realizadas con los desmovilizados de las FARC, uno siente que la mayoría de los exguerrilleros no están interesados en asuntos de la política, sino más bien en adquirir las competencias necesarias para integrarse a una sociedad de la que se sienten ajenos y en desventaja.
Finalmente, a diferencia de los procesos de desmovilización anteriores, ni el gobierno ni las FARC tienen mucho que temerle al tema de víctimas. Más que las confesiones sobre muertes de civiles fuera de combate, lo que realmente es complicado de los procesos de verdad y memoria histórica son las revelaciones sobre las relaciones obscuras entre los actores ilegales con grupos o personas legales – las élites o los políticos-. A diferencia de lo que ocurre actualmente con las confesiones de los exlíderes paramilitares, las FARC guarda pocos secretos de su accionar político o militar y sus relaciones con la mayoría de políticos o de las autoridades es más de extorsión o cooptación que de mutuo beneficio. Las posibles revelaciones sobre colaboraciones voluntarias de algunos pocos políticos u ONGs sorprenderían a pocos.
El acuerdo de negociar sin cese al fuego tiene sentido cuando se piensa en las consecuencias de las concesiones que se hicieron en el pasado de lado y lado: el genocidio de la UP y la ingenuidad del Caguán. Los cinco puntos de la agenda difícilmente se podrán resolver en la firma de un acuerdo, pero lo que hace viable la negociación es que gobierno y guerrilla se han sentado a la mesa reconociendo que el desgaste militar al que están sometidos mutuamente necesita una salida política. Pero aún más importante, otros actores civiles – dentro y fuera del gobierno- se han apropiado de temas que por casi una década, fueron asumidos como revolucionarios o criminales. Este giro hacia lo civil y lo legal deslegitiman el uso de la fuerza – de ambas partes- y hacen la guerra innecesaria.
Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s